VALPARAÍSO EN EL TIEMPO...

ADVERTENCIA AL LECTOR

Al igual que Valparaíso, ésta simple recopilación de artículos y hechos, todos con más o menos relación con el puerto, no guarda orden algun
o y a veces escapa a la credibilidad.

EL EDITOR.-

14 de mayo de 2010

EMILE DUBOIS

Seguramente el nombre de Luis Amadeo Brihier Lacroix no nos diga mucho, no así el de Emile Dubois, el que sin duda nos hará recordar la historieta fugaz y entre oída en alguna conversación que tuviera como fondo; el infausto manto que durante su larga historia ha cubierto a Valparaíso.

Luís Amadeo Brihier Lacroix; popularmente conocido como Emile Dubois, nació en Pas de Calais, Francia, el 29 de abril de 1867.

La crónica publicada en el diario El Mercurio el 16 de junio de 1906, a propósito de su detención, lo describe como de estatura mediana y contextura bien organizada. Bigote y perilla rubia y peinada hacia atrás. Su mirada y frente denotan altivez y audacia. A menudo solicitaba préstamos de dinero, valiéndose de mentiras que denotaban su habilidad, adquiriendo entre no pocos la fama de petardista.

Según la novela de Patricio Manns “La vida privada de Emile Duvois”; Dubois poseía la catadura de los tipos extraordinarios, aquellos que mueren por sus ideas o por sus excentricidades. Además agrega, que Emile Dubois fue un aventurero culto y que durante su vida, junto con cometer atroces crímenes, realizó un sinfín de otras actividades como por ejemplo: escribir una obra de teatro que dirigió y actuó en el teatro La Comedia de Barcelona, España; ser comandante guerrillero en Colombia; dirigente de los obreros bananeros en Ecuador; ingeniero de minas en Bolivia y entrenador de fútbol en Buenos Aires.

Al arribar a Chile ya contaba con una lista de personas que debía asesinar, todos ellos usureros extranjeros o hijos de estos. Según el juez Santiago Santa Cruz, quien lo condenó, la sed de venganza y muerte de Dubois se debía a la suerte corrida por su familia la que había sido timada por uno de estos.

Emile Dubois no escatimaba rudeza al cometer sus crímenes, los que principalmente cometía ayudado de un “tonto” de goma y una daga.


El primer asesinato lo comete en Santiago el 7 de marzo de 1905, siendo su víctima Ernesto Lafontaine, contador general del molino San Pedro, en sus oficinas de calle Huérfanos. Junto con el robo Dubois destruyó todos los muebles.


El 4 de septiembre del mismo año, ya en Valparaíso, es asesinado el comerciante de 65 años de edad Reinaldo Tilmanns en la bóveda de su almacén de importaciones de calle Blanco.


El 14 de octubre del mismo año, corre igual suerte un acaudalado y conocido comerciante alemán, de 55 años de edad, Gustavo Titius. Hubo robo, pero esta vez no se dio a la tarea de destrozar muebles.


El 4 de abril de 1906, en la puerta del domicilio del Pasaje Ludford de Valparaíso, agredió a puñaladas al comerciante francés Isidoro Challe, quien se recuperó más tarde.


El 2 de junio de 1906, cerca de las 18.30 horas, se encontraba en su estudio el dentista norteamericano Charles Davies, ubicado en la plaza Aníbal Pinto, cuando escuchó ruidos extraños en la puerta de calle, sorprendiendo a un individuo que trataba de ingresar. Increpado por Davies, el hombre negó tener malas intenciones, pero cuando conversaban, Dubois extrajo un garrote de goma y le asestó un golpe en la cabeza. Sin embargo, esto no abatió al corpulento dentista, quien comenzó a dar fuertes gritos de auxilio, lo que motivó la concurrencia de varias personas, Dubois se vería obligado a darse a la fuga.

La huída tomó rumbo por la calle Melgarejo, perseguido por transeúntes y un guardián de facción en la plaza Aníbal Pinto, quienes gritaban "¡al pillo, al pillo!". Frente al pasaje 6, fue tomado por el guardián. Sin embargo, logró zafarse y siguió su carrera hasta Errázuriz, donde finalmente fue capturado.


Ante la policía dijo llamarse Emile Dubois Morales o Murralley, que era ingeniero de minas, incluso portaba tarjetas de visita como tal. En su huida había dejado caer una daga de acero que se ataba a la muñeca, un manojo de llaves ganzúas, el "tonto" de goma y una linterna.

Emile Dubois contaba con 38 años de edad y aseguró que había nacido en Francia, aunque arribó al país con que papeles que señalaban como lugar de nacimiento Bogotá, Colombia.


El Mercurio de Valparaíso tituló el asesinato de Titius: "Nuevo crimen en el centro comercial. El señor Gustavo Titius asesinado en su oficina. Cómo se encontró el cadáver. Las primeras diligencias de la justicia. Quién era la víctima. Indignación pública por el suceso".

La prueba que finalmente lo inculpó, fue un reloj Waltham que había pertenecido a Lafontaine y que con el nombre de Luis Brihier, habría empeñado en la agencia “La Bola de Oro”. El proceso a cargo del juez del crimen de Valparaíso, Santiago Santa Cruz, fue implacable, y ni el indulto que su abogado pidió al presidente Pedro Montt y que el Consejo de Defensa del Estado le negó por una mayoría de nueve votos, lo salvaron. Emilio Dubois fue condenado a muerte por el homicidio de Ernesto Lafontaine.

En la cárcel de Valparaíso, a la espera del pelotón de fusilamiento lo sorprende el terremoto del 16 de agosto de 1906. Debido al desorden se cree que Emile Dubois se ha fugado, por lo que se ordena realizar una revisión, encontrándoselo bajo algunas latas y luciendo una apariencia completamente distinta. Se había afeitado la pera y sus esposas habían sido limadas. Interrogado en el acto, contestó que un compañero de prisión le había proporcionado un poncho y un sombrero y que había hecho limaduras; pero que no tenía intención de fugarse. (El Mercurio, 25 de agosto de 1906).

El 27 de marzo de 1907 Dubois debió cumplir con la sentencia. Una hora antes del fusilamiento, Dubois formuló declaraciones a los periodistas, entre los que se encontraban dos representantes de "La Nación" de Buenos Aires.

El Mercurio reprodujo, entre otros, el siguiente diálogo, que reflejaban la gélida tranquilidad de Dubois:


"Nos dirigimos entonces a hablar con Dubois. Al vernos, éste exclamó:

"Han llegado ustedes muy temprano, la ceremonia será a las 8".

-Sí, Dubois, hemos venido cumpliendo con nuestro deber.

"Ah, ya lo sé, el deber de contar todo, es muy natural, hoy es lo más interesante".

- Usted demuestra mucho valor, le dijimos.

"Ah, no; el valor lo demostraré más tarde, aún estoy en mi celda; cuando esté ante la boca de los rifles, entonces estaré valiente, aquí todavía no hay peligro, aquí estoy tranquilo. En mi vida he sentido el silbido de las balas muchas veces, hoy sentiré su efecto".

- No queremos molestarlo más. Adiós Dubois, valor.

"Antes me decían ustedes, "hasta otro día", hoy me dicen "adiós", tienen mucha razón. Adiós, señor".


Frente al pelotón de fusilamiento, se negó a toda costa que le vendaran los ojos, y luego pronunció un tranquilo discurso a los presentes, terminando con la palabra, en tono de orden: ¡Ejecutad!


El día anterior se había casado en la cárcel con su conviviente Úrsula Morales, que no escatimó esfuerzos para lograr el perdón o indulto de Dubois. En el mismo acto reconoció a su pequeño hijo.


"Yo no soy un asesino, sino un santo". Replicó a los fusileros antes de morir, no si antes indicarles: “¿Sabéis dónde se encuentra el corazón, muchachos?” colocando la boquilla de su pipa sobre su pecho para marcar el sitio exacto donde debían apuntarle.

“Se necesitaba de un hombre que respondiese de los crímenes que se cometieron y ese hombre he sido yo. Muero, pues, inocente por no haber cometido yo esos crímenes, sino porque esos crímenes se cometieron. Ejecutad”. (Emile Dubois, en El Mercurio, 27 de marzo de 1907).

Sus restos fueron sepultados en algún lugar del cementerio de Playa Ancha. En el sitio en que la tradición dice que están sus restos es hoy un lugar de veneración donde la gente agradece los favores concedidos.

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