VALPARAÍSO EN EL TIEMPO...

ADVERTENCIA AL LECTOR

Al igual que Valparaíso, ésta simple recopilación de artículos y hechos, todos con más o menos relación con el puerto, no guarda orden algun
o y a veces escapa a la credibilidad.

EL EDITOR.-

7 de abril de 2011

Valparaíso y don Benjamín Vicuña Mackenna II.


En aquellos primitivos años el Almendral había sido asignado al conquistador castellano Diego de Ulloa, en premio a los servicios prestados en sangrientos combates en contra de los araucanos; siendo la fecha de su título legal, 1613. Cien años después, el superior de la Merced, Jerónimo de Vera, asociado al cura de la Matriz, compró el lote principal en dos mil dólares, vendiéndolo a su vez por quintas y chacras a los arrieros del Puerto de Santiago. Convirtiéndose tal vez en uno de los primeros en lotear Valparaíso.

El botánico francés Feuillée, quien visitó el Puerto en 1712, dirá de él: “La aldea del Almendral se extiende a una corta legua de Valparaíso, y desde a poco, cuando se acude al Puerto a extender algún acto legal, nunca se omite declarar oficiosamente: Vecino del Puerto". Tal como quien dijese un ciudadano del Sena o de Londres.

En los días de la guerra de la Independencia el Almendral casi no tenía valor para las construcciones, debido al temor de las irrupciones del océano que ya había salido tres veces (terremotos de 1647, 1730 y 1751). Por aquella razón las tierras del Almendral se destinaban al cultivo de vegetales y de algunos árboles frutales. El verdadero Almendral estaba situado en la Cabritería, y es digno de saberse que la avenida Pedro Montt debe su forma al hecho de haber sido cancha de carreras de arrieros y muleros.

Los cerros de Valparaíso eran lóbregos y desiertos. El que limita con calle de la Planchada (Serrano), era ocupado por el gran Castillo blanco o de San José, arruinado completamente por el terremoto de 1822; en el cerro Alegre existía una cancha de chueca, asignada como campo de deporte a los indios de la Rinconada, cuyo último cacique fue Alonso Ventura. Estos eran los pescadores sobrevivientes de la tribu de Quintil (nombre indígena de Valparaíso).

Así eran las dos ciudades del Puerto de Santiago. El Almendral, ciudad de arrieros, pescadores y carreteros; y el Puerto donde habitaban empresarios del mar, quienes arrendaban sus barcos para los inevitables viajes al Callao, a Penco, e incluso hasta la isla Juan Fernández. Las livianas naves eran amarradas a simples maderos situados en el punto exacto donde hoy se ubica la plaza Echaurren.

Los ingleses fueron los primeros en la acción. Establecido el libre comercio con todas las naciones por la ley liberal dictada en 1811. Fueron dos los hermanos ingleses, Messrs, John y Goseph Crosbies, de Londres, quienes tuvieron el honor de ser los mensajeros del comercio anglo-chileno, enviando desde el Támesis la primera expedición a nuestros puertos. El bergantín Fly llegaba a Valparaíso cargado hasta el tope; quincallería inglesa, herramientas de acero, lanas, objetos de lienzo y algodón; y con instrucciones de retornar cáñamos y cobre a Europa, donde estos artículos marcaban un record de precio. Era toda una novedad el provisto Fly para los porteños del 1811.

Por esos años la barca Rosalía transportaba el siguiente cargamento al Perú:
Ponchos, 355;
Quesos, 210;
Cestos de papas, 100;
Palos de leña, 7.500;
Estribos de palo, 306;
Costillares, 134;
Pieles de carnero, 400;
Jabones de lavar, 385;
Nueces, 15.000;
Tortas de alfajor (con dulce de almendras), 12;
Hallullas de grasa, 200;
Lenguas secas, 24 docenas;
Y esclavos sin lengua, 14.

6 de abril de 2011

Valparaíso y don Benjamín Vicuña Mackenna.

















A comienzos del siglo XVI Valparaíso era dependencia de Quillota, desde la cual su corregidor viajaba en mula para otorgar su permiso cada vez que un barco aparecía en la boca del puerto (lo que no ocurría más de dos veces al año) para continuar camino a Arica o el Callao, únicos puertos abiertos al comercio por la autoridad real. El comercio se constituía únicamente por el trigo, charqui y el sebo.
En lo que respecta a lo religioso Valparaíso fue una pendencia del cura de Casablanca, quien en tiempo de Cuaresma viajaba hasta Valparaíso para hacer misa a los marineros del par de embarcaciones, que a lo sumo, había en la bahía, congregando así al interior de su pobre iglesia las almas de estos bravos hombres.

Valparaíso no podía ser llamado puerto o ciudad, más era medio convento y destartalada fortaleza. Sus límites geográficos, por llamarlo de alguna manera, entre el Castillo de San Antonio y el extremo oriente, en aquel entonces llamado Cruz de Reyes (Almitante Gómez Carreño), era habitado por los conventos de Santo Domingo, residencia de los Jesuitas hasta el año 1767; de San Francisco con su plazuela al frente y donde más de alguna vez se verían corridas de toros; y finalmente el de San Agustín.

Los conventos daban espacio a las grandes y ordinarias bodegas techadas de teja emplazadas a la orilla del mar desde donde se embarcaban los frutos del país directamente a sus costales, no existiendo otro muelle más que las espaldas del arriero que desde los valles interiores transportaba el trigo y el charqui hasta la orilla.

Casi la totalidad de la calle Prat era ocupada por las bodegas de las ricas familias Iñiguez, Manterola y Varela; siendo estas, en su mayoría, construcciones de robusto adobe y techos de paja las que poseían largos corrales para guarecer a las mulas y dar depósito a los costales. Dichos corrales ocupaban la que hoy conocemos como calle Cochrane.
Hasta entonces la venta de terrenos poseían invariablemente estos límites singulares: “Hasta las arenas del mar y hasta donde el comprador cave el cerro”. Los cerros Alegre y Concepción no valían siquiera un céntimo.

El estrecho espacio entre los peñascos y la playa otorgaba un incómodo recoveco por donde pasaba la callejuela llamada vanidosamente “calle”; allí se encontraban los domicilios, todos abigarrados. La totalidad de las casas eran de un piso y poseían corredores sostenidos por gruesos pilares (horcones), cortados de las quebradas.
El Almendral, no era más que una lejana y arenosa playa con la cual no se mantenía comunicación alguna.

Llamará la atención que una de las calles más transitadas y animadas de Valparaíso, haya sido un estrecho desfiladero rodeado por el bravo océano. La calle del Cabo, hoy Esmeralda, era de las más temidas.

Años más tarde Mr. Searle propondría al Gobernador Portales extender la ciudad dinamitando al cerro Concepción; no concretándose dicha empresa a raíz del temor del vecindario.

Más allá; a poco andar de lo que fuere estacionamiento de carretas y basurero, y que hoy conocemos como la Plaza de la Victoria, aparecerían dos grandes esteros; el primero denominado de las Piedras y más tarde de Jaime (avenida Francia); más allá el estero de las Delicias (avenida Argentina) dividía el Almendral de los terrenos del señor Polanco; delgada línea de tierra a cuya chacra solían ir las buenas familias de Valparaíso. El cerro del Morro, hoy Barón, cerraba la bahía y el plano en esa dirección.

5 de marzo de 2011

Las escaleras de Valparaíso.










Como muchos recordarán hace unos cuantos años las autoridades del puerto decidieron elaborar la llamada “marca porteña”. Después de los concursos de rigor la agencia que se adjudicó la tarea presentó un diseño que no dejaría indiferente al porteño. El afiche mostraba un sombrero al interior del cual se leía en distintos colores el nombre de nuestra ciudad. Una nube de críticas se posó sobre el infortunado afiche, sonando con mayor fuerza aquella que esgrimía que la imagen más parecía haber sido diseñada para la ciudad de Buenos Aires que para la nuestra.


Hoy después de algunos años de su aparición nada se sabe del malogrado diseño, y de seguro varios miles yacen arrumbados en alguna bodega municipal a la espera de que algún funcionario asiduo a los juegos bursátiles lo trance al kilo en la rueda de cemento.


Varios son los hitos que identifican a Valparaíso y pudieron haber sido utilizados para componer la marca porteña, entre ellos; Troles (Trolleys) y ascensores, pero no son los únicos. De seguir recorriendo el puerto nos encontraremos con otro hito, ésta vez imperecedero y no afecto a la indolencia, ni a la falta de dinero. Ellas no se oxidarán ni serán presa del olvido, por el contrario, a pesar de todo se multiplican día a día; son las escaleras de Valparaíso, sin duda un sello más de una ciudad que fue construida al pulso de sus escalones.


Valparaíso posee escaleras de todo tipo y para todos los gustos. Existe la llamada escalera de la muerte en el cerro Las Cañas, pues su inclinación produce un inexplicable vértigo y pérdida del equilibro teniendo a cuenta varias fatalidades. Están además: la escalera del Perdón del cerro Monjas, El Peral, la escalera de El Mercurio y la de Cienfiegos de calle Serrano por la cual quiso decender Jorge Luís Borges en la década de los 70’. El pasaje Apolo en Valparaíso no es un pasaje común y corriente, es una escalera. Recorrer la escalera del pasaje Bavestrello es recorrer las entrañas de un viejo edificio. El Director Holandés Joris Ivens retrató alucinado las escaleras de Valparaíso en su cortometraje llamado “A Valparaiso”, sin acento, tal como el “Valparaiso” del afiche en cuestión.


Están las empinadas, las cortas, las largas, las que se cruzan, las que se topan, las que no conducen a ningún lugar. Las hay de concreto, de ladrillos, de tierra y de madera, con y sin baranda. Las hay con musgo, peligrosas, famosas y desconocidas. No hay cerro del puerto que no cuente con una, son parte esencial de nuestra arquitectura y diseño. Son la arteria más resistente de Valparaíso.

Por ellas subió el marinero en tardes de crudo invierno, la colegiala de piernas torneadas, y uno que otro borracho después de visitar el Roland Bar.


Hace unos cuantos años aparecería publicado el siguiente aviso: “Se arrienda casa cerro tanto, de la calle tanto; soleada, con vista y escalera a la puerta”.


Pablo Neruda dirá que: “Si caminamos todas las escaleras de Valparaíso, habremos dado la vuelta al mundo.” Y cuánto de cierto hay en ello.


En Valparaíso; todas las escaleras conducen al océano Pacífico.
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Apuntes de Sara Vial.

10 de enero de 2011

El cerro Panteón de Valparaíso (Parte 1)


En la mayoría de las ciudades del mundo los muertos descansan bajo el paso de los vivos. En Valparaíso la realidad es otra, acá los muertos son enterrados por sobre los vivos; por sobre cientos de porteños que a diario transitan por una de las arterias más concurridas de la ciudad.

En Valparaíso es necesario subir hasta los tobillos del cerro para dar sepultura a los muertos. Ahí se quedarán y nunca más volverán a descender, salvo que algún fuerte movimiento los haga regresar al plan.

Cuenta Joaquín Edwards Bello que en el terremoto del año 1906 una familia se encontraba a la mesa cuando un muerto cayó del cementerio y quedó sentado en ella... “Igual al banquete de una obra de Shakespeare”. A consecuencia del mismo movimiento una vecina de la subida Elías; hoy Cümming, declaró al día siguiente que había hallado sobre unas matas de fucsias un esqueleto vestido con uniforme de soldado de la guerra del 79.

El año 1855 Valparaíso fue azotado por un violento temporal que hizo ceder parte de los terrenos del cementerio.

“un sector que comprendía más de cincuenta tumbas, en gran parte recientes, se deslizó y cayó sobre las casas de la avenida Elías, situadas 150 pies más abajo… ¡Qué espectáculo más terrible! Varias casas se encontraban totalmente destrozadas, otras, enterradas”.

“pero lo que producía la impresión más terrible, eran los numerosos ataúdes despedazados y los cadáveres en putrefacción, que se encontraban diseminados y difundían un espantoso olor”.

Según los archivos de la época aquel día muchos porteños perdieron la vida por acción del alud de ataúdes. Con justa razón se dijo que los muertos habían causado la muerte a los vivos.

Cuando los porteños van a reparar sus anteojos a la óptica “Bülling”, ó a comprar té y píldoras de eucaliptus en la Botica “La Unión”, ó a disfrutar de trozo de kuchen en el café “Riquet”; los muertos de Valparaíso penden sobre sus cabezas. Los feligreses del Cinzano también beben Borgoña con cientos de ataúdes sobre sus sombreros, y claro está, aquel hecho no impide que la sed vaya en aumento.

Después de trepar por la subida Cümming y recuperar el aliento en la plazuela del descanso, llamada “Eduardo Farley” en memoria de primer mártir del Cuerpo de Bomberos, se llega hasta calle Dinamarca; la única calle que posee el cerro.
Al caminar por sobre su huella de piedras nos toparemos con una pesada puerta de fierro oxidado dentro de la cual se abre un panorama único. Todo comienza con una réplica casi exacta de la Pietá de Miguel Ángel; tallada en el estudio Gazzeri de Roma y donada al cementerio por Juan Brown Caces. La real se conserva en la Basílica de San Pedro, nosotros para no ser menos conservamos la nuestra en la Basílica de los muertos del Panteón, cerro destinado a albergar a moradores ya fallecidos. El cerro también es habitado por algunos vivos, pero no se crea que son mayoría, los primeros ganan por cientos.

Tras imponentes columnas dóricas aparece el cementerio Nº 1, y al fondo, más allá del más allá, es posible observar entre vírgenes y ángeles guardianes un océano pacífico a veces azul y otras verde que muerde las playas de Valparaíso.

“Nada es menos fúnebre que este cementerio rozagante y florido donde gorjean, revolotean y retozan un mundo de pájaros, mariposas e insectos… Desde el ingreso, una atmósfera cargada de suaves aromas sorprende y regocija el olfato. La ensenada azulosa aparece cubierta de navíos y surcada de pequeñas embarcaciones; después, a través de un rumor confuso, el oído distingue el canto alegre de los trabajadores y los flujos incesantes de la marea”.

(1)Max Radriguet, 1841-1845.

Como todo cerro que se precie de tal el Panteón contó con ascensor. Este corría por la ladera de la subida Ecuador y aun es posible distinguir sus cimientos. Inaugurado en el año 1901 prestó servicios hasta el año 1952. Al parecer los dividendos generados el 1 de noviembre no eran los suficientes para mantener al ascensor Panteón el resto del año.

Tres son los cementerios que acoge el cerro Panteón: el Nº 1, el Nº 2 y el de Disidentes o inglés.

Ya sabe, si es que algún movimiento terráqueo lo sorprende en las inmediaciones de la plaza Aníbal Pinto, junto con esquivar alguna cornisa asegúrese de evitar que un ataúd le caiga encima.

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(1)Secretario del almirante Dupetit-Thouars, quien comandaba las fuerzas navales francesas en el océano Pacífico

Voces en el Panteón, Historias y Personajes del Cementerio Nº 1 de Valparaíso, Textos de Patricia Štambuk M.

4 de octubre de 2010

18 de septiembre en el Pasaje Prefecto


Es 18 de septiembre y por una estrecha escalera que parece no conducir a ningún lugar va lento y pensante Pablo Neruda. Hace poco ha dejado “La Sebastiana” y se apronta a tomar el ascensor Florida. Está contento, pues hoy celebrará un nuevo aniversario de la inauguración de aquella casa alada y firme, un poco solitaria y de vecinos casi invisibles.

La escalera que parece no llegar a ninguna parte desemboca en un pasaje escondido en las caderas del cerro, dibujado entre los límites imaginarios que trazan los colores de sus casas y que lleva por nombre el de Prefecto Lazo.

Luego de dar algunos pasos llega hasta calle Marconi (Guglielmo Marconi), premio Nobel al igual que él, quien por haber desarrollado la telegrafía sin hilos, jamás haber estado en Valparaíso, y menos haber legado a gran parte del mundo su poesía imperecedera, apellida una calle del cerro Florida. Pero a Neruda aquello no ha de importarle.

Al entrar al ascensor y captar las miradas de sus compañeros de descenso decide echar la vista al pacífico, y tal vez quién sabe, recordar: “Que se entienda, te pido, puerto mío, que yo tengo derecho a escribirte lo bueno y lo malvado y soy como las lámparas amargas cuando iluminan las botellas rotas”.

Casi 50 años más tarde “Santiago es Chile” se sumía en un delirio insostenible por celebrar a como diera lugar sus 200 años pretendiendo para ello comprimirlos en sólo cuatro días y una cápsula. Pero por suerte no todo estaba perdido.

Los vecinos del pasaje Prefecto Lazo hubieron de organizarse para celebrar estas fiestas patrias al compás de notas más amables y sin la necesidad de izar mega banderas. En aquella fiesta de barrio no se exaltó el chovinismo que por estos días fue el pulso obligado del país, por el contrario, el pasaje fue adornado con ramas de eucaliptus, banderitas chilenas y la alegría de los niños que corrían ensacados mientras el cielo se cubría de volantines.

Un poco más arriba una vecina con mano de monja ofrecía empanadas de horno al resto de sus vecinos. Deliciosas, con tres aceitunas, carne en trozos, cremosas y capaces de noquear al más estricto de los paladares.

En esas fiestas pudo rescatarse el paso cansino del Chile de antaño que no requería de grandes supermercados ni malls con puertas automáticas y escaleras mecánicas para abastecerse y poder disfrutar junto a los suyos de esas fiestas con gusto a campo y que recuerdan los albores de nuestra independencia.

Aquí existen los almacenes de barrio, con olor a pan y gatos echados en el mostrador haciendo las veces de guardia, sus puertas siempre están abiertas y de sus escaleras de piedra a lo más crecerá el musgo y unas cuantas flores.

Así, entre niños jugando, vecinos, barrio, cerro, parrilla en la vereda, banderitas al viento y una que otra vecina primorosa capaz de hacer entonar el mea culpa al solterón más empedernido, hubo de conmemorarse el inicio de nuestra vida independiente, alejado del mundanal carnaval dieciochero y a la sombra del poeta que aquella tarde, seguro estoy, vi caminar fugaz entre la multitud y la música rumbo a “La Sebastiana”.

¿Sabes por qué a Valparaíso le dicen "Pancho"?
















Se presume, porque nada puede darse por sentado cuando hablamos de Valparaíso, que su nombre le fue dado por el descubridor español Juan de Saavedra en honor de la que fuera su ciudad natal: “Valparaíso de arriba”.

Otra versión nos cuenta que los soldados del navegante genovés Juan Bautista Pastene le darían el nombre de “Val del paraíso” (Valle del Paraíso), el que con el correr del tiempo se transformaría en el que hoy conocemos.
No satisfecho con aquello, y sólo porque Valparaíso es una ciudad excepcional por donde se le mire, hubo de generar para si un simple pero a le vez cálido sobrenombre: “Pancho”.

Aparentemente aquel le sería otorgado por los marinos que ingresaban a la costa y divisaban desde la distancia a la iglesia San Francisco. Su rojiza torre servía de faro destacándose entre los cerros y convirtiéndose en referencia obligada para quienes al verla sabían que por fin habían llegado a Valparaíso, pues allí estaba la iglesia San Francisco. Allí estaba “Pancho”.

Sin perjuicio de lo anterior no debemos olvidarnos que nuestros antepasados porteños, los “Changos”, le darían al lugar el nombre de “Aliamapu”, que en mapudungún quiere decir "tierra quemada", por lo que se puede deducir que la presencia de incendios en Valparaíso no ha de ser nada nuevo.

He aquí la razón del por qué fuimos, entre otras cosas, pioneros en la organización del primer Cuerpo de Bomberos del país, fundado el 30 de junio de 1851.

Al parecer el destino de Valparaíso está inefablemente atado al fuego, pues toda desgracia natural o provocada por el hombre da como resultado un gran incendio. El bombardeo español de 1866 provocaría grandes incendios al igual que el terremoto de 1906, que más que provocar daños a consecuencia de su fuerza, habría de iniciar violentos incendios que destruirían casi en su totalidad el barrio del Almendral e importante parte del Puerto. Otro gran incendio y explosión se produciría el 1 de enero de 1953 y costaría la vida a 36 Voluntarios del Cuerpo de Bomberos.

Para Valparaíso los incendios han sido históricamente su talón de Aquiles. Su construcción compuesta básicamente por tabiquería, el fuerte viento que aviva la más mínima de las llamas y el descuido constante de los porteños, la convierten en escenario propicio para que el fuego actúe a sus anchas.

Ha de ser difícil en nuestros días encontrar ciudades alrededor del globo en las que ocurran tantos incendios como en Valparaíso, pues así y todo no existe una real conciencia social al respecto, los planes de prevención emanados de la autoridad son casi inexistentes, y los Bomberos nunca logran vender los suficientes números de la rifa para apalear los altos gastos operacionales que significa mantener a uno de los Cuerpos de Bomberos más atareados del país.

La vieja iglesia puesta en pie por la comunidad franciscana ya había sufrido un gran incendio el año 1983. En aquel entonces la conciencia patrimonial ciudadana y de las autoridades no era ni la sombra de lo que es hoy, e igualmente pudo ser restaurada. Con lo anteriormente dicho; no quiero decir que la conciencia patrimonial a la que se ha llegado hoy sea la adecuada, para ello aun nos falta mucho camino por recorrer.

Hoy nuevamente el fuego ha vuelto a mostrarnos su danza humeante, la misma que tantas veces ha sacudido a los porteños al compás de las sirenas del Cuerpo de Bomberos, ésta vez claro, tomando por presa a un importante símbolo de la ciudad.

Pasará largo tiempo para que podamos ver a la iglesia San Francisco nuevamente recibiendo a los fieles del cerro Barón con sus puertas abiertas de par en par. Sabremos de colectas, de rifas, de bingos, de decepciones, de quienes rajarán vestiduras y de quienes evadirán responsabilidades, pero más temprano que tarde la veremos nuevamente erguida con su interior pulcramente barnizado, y así cada vez que algún forastero nos pregunte por aquella torre rojiza en el cerro podamos, repletos de orgullo, responder con aquella famosa pregunta: ¿Sabes por qué a Valparaíso le dicen Pancho?

29 de agosto de 2010

PEORES CORNÁS DA LA INDIFERENCIA


“Srs.

Usuarios Ascensor Cordillera

Según lo informado hace 2 meses atrás el ascensor Cordillera deja de funcionar el día 31 de julio del 2010. Agradecemos a nuestros usuarios su preferencia durante estos años. Esperamos vuestra comprensión por esta lamentable situación.

Administración.”

Con este escueto aviso se informaba del cierre del segundo ascensor más antiguo de Valparaíso.

La vieja calle Serrano, reina indiscutible del comercio de Chile de la segunda mitad del siglo XlX; se debate entre el dolor y la indolencia, ganando cada cierto tiempo una nueva cicatriz.

El 2007 sería el fuego el que arrasaría con cuatro vidas y varios edificios, transformando al otrora cosmopolita hervidero en algo similar a un campo de batalla. Este año otro incendio, por suerte de menor envergadura; congelaría la emprendedora acción de levantar a pasos de la escala “Cienfuegos” un fabuloso hotel cinco estrellas que sin duda vendría a recomponer el rostro que caracterizó a calle Serrano. Finalmente, una certera cornada habría de detener al viejo ascensor.

Nuestro aclamado cronista y coterráneo Joaquín Edwards Bello, el mismo que tantas veces recorriera calle Serrano vistiendo tongo de Presciutti, solía repetir en sus crónicas venidas de España aquello de que: “Peores cornás da el hombre”; en relación con las que el bravo Miura da en la arena.

En nuestro caso, en el caso de Valparaíso, diremos que “Peores cornás da la indiferencia”, pues es ella la que hoy se ha dado a la tarea de enterrar sus pitones a diestra y siniestra en las débiles articulaciones de éste viejo y ensangrentado torero apodado en sus años de gloria como: “El Gran Pancho”.
¿Cuántas cornadas más aguantará el pobre torero?

Fantástico sería poder disfrutar de la vieja calle Serrano y sus alrededores contando para ello con un comercio que se componga de atractivas tiendas y restoranes, llamativos bares (ya los hay), y como broche de oro un fabuloso restaurant / centro cultural en el viejo museo Lord Cochrane, lugar que podría convertirse en sitio de renombre por su excelente cocina, propuesta cultural y panorámica al océano. Todo lo anterior adornado por el incesante crujir de los carros del ascensor que de tanto vecino y turista no dejan ni un solo instante de deslizarse por el cerro. Más allá; el Puerto en pleno funcionamiento, decorado por un centenar de casas de colores y bañado por la brisa fresca de la primavera. ¿Alguien podría resistirse a aquello? Lamentablemente si; la Indiferencia.

Valparaíso tiene mucho que ofrecer, pero para que ello suceda; tiene mucho que pedir. Debemos pedir respeto, consideración, cuidado, y por sobre todo, convencernos de que la solución no está en nosotros. Para que todo esto se concrete es necesario que cese la indolencia, que desaparezca la indiferencia de las autoridades, y que estas se den cuenta de la importancia que se le debe ofrecer a Valparaíso por ser una ciudad única en su especie, y aun que al parecer a pocos importe: Patrimonio de toda la humanidad.

Es necesario limarle los cuernos al toro para que cuando ose envestirnos nuevamente, se pasme al vernos subir por el ascensor Cordillera dispuestos a disfrutar de un Jardín de Mariscos y buen vino en uno de los mejores restaurantes de Valparaíso, en lo alto de una de las calles más concurridas y fascinantes del país.